martes, 15 de julio de 2014

Estudiar y leer.

Esas son dos palabras que están grabadas a fuego en el espíritu de cualquier abogado ¿verdad? Cuántas horas les dedicamos a ambas tareas, pero sólo así, nos mantenemos al día.
Después de haber terminado el escrito, volvemos a repasar el artículo de la ley rituaria, los del fondo del asunto y, por si acaso, buscamos nuevamente jurisprudencia sobre el asunto.
Al final, tanto estudio tiene un alto coste visual, la mayoría de nosotros o lleva gafas o lentillas, o se opera de miopía, no no me estaba refiriendo a la presbicia connatural a los mayores de 45.
El único inconveniente que tiene ese trabajo silencioso y tenaz es que, como el cliente no lo ve, no lo aprecia, y además, resultaría grotesco convocarle al despacho, por la mañana, por la tarde, de madrugada, para que viera el trabajo real que realizamos, y que, siempre, va mucho más allá de la puesta en escena del juicio, que no deja de ser otra cosa que una representación teatral, ya que al juzgador, en el fondo, le da igual lo que argumentemos, si no lo hemos hecho ya por escrito, lo cual es, como todos sabemos, una rémora de los tiempos anteriores a la LEC.

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