jueves, 20 de septiembre de 2012

Juez inquisitorial.

Nuestro sistema procesal criminal eliminó, hace mucho tiempo, de la letra de la ley, al juez que buscaba sólo la condena.
Nuestra constitución consagró, como derecho fundamental, la presunción de inocencia de los imputados.
Nuestros jueces han olvidado ambas cosas. Los juzgadores, con los copia/pega en sus sentencias, creen fundamentar impecablemente su incapacidad para oír lo que se dice y entender el metamensaje y el lenguaje corporal de las víctimas, testigos e incluso peritos judiciales.
Para ellos es coherente y razonable esperar mas de seis horas para formular una denuncia por violencia de género y no se cuestionan, ni por un instante, si las lesiones que presenta la "presunta" víctima se han podido producir en ese lapso de tiempo, de una manera distinta o por persona diferente a la que se sienta en el banquillo.
Parte de la culpa es de la ley, pero la parte del león de la misma, es de quien la aplica, que sólo escucha lo que quiere escuchar, y tras escudarse en que, antes de las vistas no prejuzga, realmente se dedica a buscar su objetivo prefijado saltándose a la torera las cacareadas reglas de la sana crítica, la ponderación entre las pruebas de cargo y de descargo.
El problema es que, aunque quepa recurrir a un tribunal superior, éste se esconderá tras el principio de inmediación para eludir sus responsabilidades, al fin al cabo, los justiciables son sólo números, procedimientos, autos, causas, estadísticas de condenatorias, absolutorias, confirmatorias y revocatorias.

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