lunes, 24 de octubre de 2016

Somos abogados.

Siempre nos empeñamos en que nuestro trabajo sea lo más impecable posible, y esperamos, hasta que nos ponemos la toga y entramos en Sala, que las cosas salgan como las hemos planeado.
Cuando nos confrontamos a la durísima realidad de que no podemos obtener lo que, con tanto empeño y esfuerzo, hemos intentado, nos queda una extraña sensación, mezcla de frustración y culpabilidad que nos persigue todo el día, y a veces, incluso por la noche.
De poco sirven las tentativas de centrar nuestra atención en otros temas que la requieren, pues, sin posibilidad de evitarlo, rememoramos una y otra vez los interrogatorios, el informe final, las pruebas documentales que se han reproducido.
Estos días necesitamos, nosotros, los solitarios Letrados, alguien que nos escuche, que nos arranque una sonrisa, que calzando nuestros zapatos a diario, sepa cómo espantar nuestros sentimientos. Ese hombro togado puede estar cerca o lejos, con que nos escuche, nos sobra, porque para nosotros caernos es inevitable, pero levantarnos es la única opción que nos cabe.
Después de llorar (metaforica, y a veces, fisicamente) ese fracaso, nos echamos agua en la cara, nos arreglamos la chaqueta y volvemos a luchar por los intereses ajenos, que para eso somos abogados.

No hay comentarios: