viernes, 12 de septiembre de 2014

Realidad paralela.

¡Cuanto daño se puede llegar a hacer!. 
Ayer me vi obligada a faltar a mi cita habitual por culpa de ella.
Hay gente que, pese a pisar la tierra y comportarse en su entorno laboral de un modo casi normal, en su vida personal se desenvuelven en una realidad fantaseada, obligan a los suyos a asumir sus delirios, y, en el peor de los casos, proceden a un sistemático lavado de cerebro de su compañero, su hijo o su padre.
Un padre, al que se le presuponen, por su formación académica, además, conocimientos técnicos sobre la conducta humana y las formas de tratar los desajustes, se ha dedicado a manipular la realidad para que un menor crea que su vida ha sido diferente a la vivida, le ha cambiado los recuerdos y le ha convencido de que con 12 años puede hacer lo que quiera y convivir con quién le parezca, porque un Juez se va a plegar a sus deseos. 
El problema reside en que, con esa edad, nadie te escucha, porque no tienes discernimiento suficiente para calibrar la profundidad de las decisiones que adoptas ni las consecuencias de los actos que realizas, y todos los que nos dedicamos a esto, sabemos que el menor no es más que la marioneta del progenitor más manipulador o más hábil tergiversando. 
Con ello, las expectativas del progenitor se frustran, y también las del menor. La realidad paralela en la que las cosas suceden a medida de sus deseos, es humo, y vuelve a utilizar al menor como una granada de mano, olvidando que esos artefactos acaban estallando y destruyéndose, como ocurre con el hijo, al que se le causa un daño irreparable. Todo ello por intentar hacer casar su realidad con la realidad.

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