martes, 27 de enero de 2015

Dos niños, dos angustias.

Entre otras cosas divertidas que tengo ahora mismo sobre la mesa, hay dos niñas, de aproximadamente la misma edad, que con circunstancias vitales similares, desde psicólogos a madres dedicadas, desde padres despreocupados hasta abuelas paternas sustitutas de figuras paternas en fines de semana alternos, que afrontan la sitación de una manera radicalmente distinta.
Una, pese a todos los desplantes, la despreocupación, y el vacio de su relación con el padre que no pasa más allá de comer con ella un sábado y un domingo de cada dos, está enfrentada a su madre y la familia con la que vive, y su mayor deseo es vivir con ese progenitor. Sin que los desvelos maternales, los esfuerzos del marido de su madre y el apoyo y comprensión del resto de hermanos hagan la mínima mella en su espíritu.
Otra, reniega de cada visita, de cada momento paternofilial, y con una resignación impropia, aguanta su ira y su rabia y asume la obligatoriedad de la imposición de los encuentros con el padre. Sufre la rigidez del sistema judicial que le impide expresar ese rechazo y mucho más aún darle acogida, y que la condena a la desesperanza más absoluta hasta que casi alcance la mayoría de edad, cuando el deño sea irreparable.
Hay que cambiar esto, y no comprar con "alimentos" las estancias de los menores con los progenitores. 
Como se suele decir, para conducir un ciclomotor hace falta un permiso, pero el título de padre lo obtiene cualquiera, con voluntad o sin ella, con capacidad o sin ella, y sin necesidad de renovaciones periódicas..

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