lunes, 20 de abril de 2015

Catalá

Todos los pobres abogados que poblamos las sedes judiciales de este país, debemos haber sido las peores personas del mundo en nuestras vidas anteriores, porque sólo así se explica que, desde hace décadas, los Ministros (y MInistrines, léase Consejeros) de Justicia hayan sido capaces de ir empeorando con cada recambio. Malo uno, peor el otro, y invariablemente, todos sordos como tapias a las elementales reivindicaciones de todos los que formamos parte de este mundo.
En ninguno de los partidos que ha gobernado o gobierna, en cualquier sitio, Comunidad transferida o Gobierno central, hay ni una sola persona que conozca los problemas reales de la gente y de la administración de justicia.
No es posible que ninguno haya pisado nunca un Juzgado, como profesional, como justiciable, o al menos, como testigo o perito.
Si alguno de ellos hubiera estado alguna vez allí, seguro que era más receptivo a las demandas que se le hacen.  

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