miércoles, 12 de diciembre de 2012

Probar la inocencia.

Llevo demasiado tiempo en este mundo para creer que el único precepto constitucional que se cumple es el de la presunción de inocencia.
Mi trabajo diario se reparte, en lo criminal, entre tratar de probar la inocencia de mis clientes y la culpabilidad de los contrarios.
La imposibilidad de acreditar la inocencia de alguien debería conducirnos a traer a la realidad el derecho fundamental, pero el mismo es constantemente vulnerado, pero no quebrado.
Por desgracia nos movemos en una Justicia criminal que se aposenta sobre opiniones, conjeturas, suposiciones y percepciones, rara vez sobre sólidas pruebas materiales, si exceptuamos personajes y delitos muy concretos.
Si un abogado norteamericano tuviera que enfrentarse a nuestro sistema de justicia penal se escandalizaría por la palmaria ausencia de soporte probatorio de nuestras condenas, aunque las instrucciones ocupen tomos y tomos y tomos.
Ni una huella, ni una prueba corporal, ni un documento firmado y adverado de autenticidad, NADA, pero aún así, se procesa, se juzga y se condena a la gente.

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