jueves, 9 de marzo de 2017

Desgaste psíquico, cansancio físico.

Nuestro trabajo, como es bien sabido, no suele comportar más esfuerzo físico que el de arrastrar la cartera y la toga, pasar largas, larguísimas horas sentado en el sillón del despacho con la consiguiente contractura cervical o conducir 150 km para celebrar un juicio. 
Sin embargo, la mayor parte de los días, cuando regresamos a casa, estamos físicamente agotados, muchos días extenuados a la hora de la comida, y esto nos sucede cuando celebramos vistas de dos, tres o cuatro horas. Durante todo el tiempo hemos estado sentados más o menos cómodamente en los estrados, pero nuestro sistema nervioso al completo, empezando por el cerebro, ha corrido la maratón de Nueva York y la de Boston además de completar un decatlón con buen resultado final.
Mientras permanecemos atentos a todo cuanto sucede en la Sala, con la adrenalina saliendo a la superficie por todos los poros de nuestro cuerpo, además debemos aparentar que hemos completado las pruebas deportivas sin sudar, ni resoplar.
El maltrato que, a diario, proporcionamos a nuestras neuronas, debería ser un tipo penal. O subsidiariamente, ser reconocido por los de las puñetas con sentencias SIEMPRE favorables a TODOS los Letrados, el esfuerzo lo merece. 

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